Tierra 2.0 o el mundo-google


Por Mauricio Hoyos
Estudiante de periodismo, Universidad de Antioquia.
maxgallinazo@gmail.com

El ciberespacio es el vasto mundo. Un reto. Un salto comunicativo con serias implicaciones en el futuro de la humanidad (si hay tal cosa).


Google es quizá la empresa más práctica del momento. En el año 98 le fue otorgado el premio Príncipe de Asturias de Comunicación, que había sido otorgado antes a revistas tan prestigiosas como Nature y Science. El premio se le concedió por su “contribución decisiva al progreso de los pueblos, por encima de fronteras ideológicas, económicas, lingraüísticas o raciales”. También por “favorecer el acceso generalizado al conocimiento”. Don´t be evil, es el extraño slogan de la marca que en cuestión de pocos años se convirtió en la marca más importante del mundo. ¿Por qué? Ya no era el tiempo General Electric o Cocacola, es el tiempo Google, el tiempo www, el tiempo dont´t be evil, niño. Usa Google.

Es claro que un hombre sin e-mail puede vivir como ha vivido tantos miles de años, pero un hombre sin e-mail no es un hombre Google, es decir, es un anticuado, un viejo, no será recordado. Google es la posibilidad de acceder a un vasto circuito cerrado, que se expande, que no tiene límites. Todo está hecho de información. Y Google es la gran metáfora de nuestro tiempo. Cientos de miles de cabezas peludas con gafas de aumento y dedos hábiles procesando el futuro. El futuro de los negocios, el futuro de las bibliotecas, el futuro de la educación.

La Internet fue profetizada. Cuando llegó el año 1984 muchos intelectuales, inclusive los criollos, escribieron señalando la realidad de la metáfora orwelliana. Un gran hermano, sí, pero la distopía de 1984 no se cumplió a cabalidad en su parte más macabra. Hemos sabido permanecer libres todavía, el sistema nos obliga a ser adeptos, pero todavía podemos no tener televisión sin ser criminales, o podemos tener muchos libros tristes y no llegará nunca un escuadrón de la quema de libros. Podemos respirar. Y quien rechace la web hoy día es seguro que tiene un sitio para difundir sus ideas por Internet.

Cuando Umberto Eco habla al respecto dice: “Hoy existe el peligro de que seis mil millones de personas tengan seis mil millones de enciclopedias distintas y ya no puedan entenderse entre ellos para nada”. A don Eco le preocupa la incomunicación a la que lleva todo esto, que en vez de unir desuna, que en vez de favorecer el consenso favorezca el disenso. Algo de eso ocurrirá. A quienes les preocupe que algo pase con la web seguro eso pasará. Porque la web es el mundo, el “espejo del mundo”, en palabras de William Ospina, a quien no le preocupa la Internet tanto como los hombres, que allí están pintados con precisión.

Es el reino de la libertad. Si es que se puede hablar de tal cosa. Yo pienso en la libertad cuando me siento frente a Google y tecleo. Ese tecleo es el futuro. Ese tecleo es la omnipresencia. Díganme sino es útil para un periodista ser omnipresente. Aunque sea un poquito.

Si quiero escuchar algo lo escucho, hago uso de mi libertad anárquica de descargar la música del mundo sin pagar nada. Beethoven estaría feliz de ser vendido en los semáforos de la web 3.0, Vivaldi se alegraría al ver un fragmento de su estación invernal en una película de Chan-wook Park que cualquiera puede ver On line. Ay! el cine. A mi no me gustaba el cine hasta que tuve Internet. Con Internet descubrí que lo que no me gustaba era las salas de cine, las reuniones de espectadores, los cineclubes, etc. Y así, lo mejor de los foros en Internet, además de las opiniones que se recogen, es no tener que participar en ellos. Así los comentarios. Es el valor del silencio. Es el valor de la invisibilidad.

Es algo con el tiempo, algo con la abolición del tiempo. Algo que todavía no se celebra en público pero que yo celebro en privado.

El pasado tiene un lugar en la red como todavía lo tiene en las viejas películas, en los viejos libros, en los viejos papiros. Cuando el escritor Héctor Abad Faciolince se refiere a Google habla de su “biblioteca de Babel personal”. Quizá Borges estaría feliz de la dicha con una página donde pueda oír en todo momento la voz de los muertos (yo los oigo en http://www.palabravirtual.org/). Los muertos queridos tienen su tumba también en las cientos de miles de fotografías. Hace poco un escritor hizo una lista de cosas interesantes que podían verse en Youtube, entre ellas había cosas como: Picazzo pintando, Bela Lugosi haciendo su delicado papel de Drácula, etc. Y si se busca un poquito más, podría uno toparse con cualquier cosa, desde una entrevista a Ciorán hasta una bailarina famosa en sus mejores años (Bettie Page, buen ejemplo) moviendo las caderas.

El mundo se mueve y el universo paralelo de la Internet cumple el mismo sino. El periodista puede incluso insolarse de información. De ahí que su papel siga vigente, debe ser crítico, audaz, debe tener los ojos limpios. Y no sería todo eso sino pudiera establecer la mayor cantidad de matices y contrastes. Comparar todas las informaciones. Ser tan bueno como Google permite que sea.
“El trabajo de investigación, que antes me tomaba días inmerso en las secciones de publicaciones periódicas de las bibliotecas, ahora se puede hacer en cuestión de minutos”, dice Nicholas Carr en un artículo traducido para Arcadia y publicado el año pasado con el sugerente título “¿Será que Google nos está volviendo estoopidos?”. El señor Carr habla de las grandes ventajas de “una memoria artificial perfecta” (al decir Clive Thompson) pero se queja, principalmente, de que sus años de navegar por Internet ha afectado sus capacidades mentales, dice: “Y lo que la red parece estar haciendo, por lo menos en mi caso, es socavar poco a poco mi capacidad de concentración y contemplación”. Por supuesto, los estudios científicos así lo confirman. La herramienta transforma al hombre, pero el “ser” del hombre nunca ha sido inmóvil. Y si un lector moderno no puede vérselas con Guerra y paz de Tolstoi no creo que la culpa sea de Google. Quizá se deba a su naturaleza impaciente. El hecho de que el lenguaje en la web se haga más conciso, no lo seca de ideas. La brevedad con la que los medios quieren entregarlo todo, la rapidez, la eficacia, la relojería del lenguaje, son sus grandes virtudes. El haikú japonés ha sido de la poseía más expresiva que el hombre haya escrito, este de Basho, por ejemplo:

A la intemperie,

se va infiltrando el viento

hasta mi alma


Así, no es extraña la gran simpatía por algo como Twitter, que los medios han acogido con premura y muchos periodistas ya tienen por herramienta de trabajo. Pero, por supuesto, las herramientas como Twitter no representan la abolición de la explicación detallada.

Sobre todo, lo mejor de Internet es que está situada en un tiempo muerto. Siendo la distancia recorrida por los bits a la velocidad de la luz, qué festín.

El periodista es ahora el Sherlock Holmes de ese océano de luz. Puede ser un hombre ilustrado o un idiota. Puede competir, borrar la competencia, o trabajar en grupo y en línea con muchos otros reporteros.

Con el tiempo, sí, el usuario de la red será más conciente de su tiempo en la red, porque la red no tendrá sentido sino en su relación con la realidad. Para mí es así.

Muchos se burlan, por ejemplo, de lo banal que resulta todo en Facebook. Pero es la lactancia de un nicho para el pensamiento. Primero es reconocerse. Vernos las caras. Darnos cuenta que compartimos mundo. Con el tiempo van germinando y floreciendo las ideas para transformar ese mundo en un lugar distinto. Las movilizaciones del año pasado iniciadas desde Facebook, por ejemplo, son ya acciones concretas, es decir, acciones políticas sólo posibles en nuestro siglo de vértigo.

Es el principio de lo que auguraban los sabios desde la antigüedad maya con su “mente solar” representado por el signo del águila atravesando el cielo, hasta los científicos post bomba atómica. Se instala poco a poco la noosfera de Vernadsky y Teilhard, augurada el siglo pasado.

Ya no es el tiempo de las gigantescas salas de redacción. Ahora el periodista puede tener la sala de redacción en la cabeza, ser su propio editor multimedia. Y también, más que nunca, ser dueño de sí, decir lo que quiera, sin más guía e inspiración que sus lectores. Ah, esa rabiosa independencia necesaria para desenmascarar lagartos y gusanos, también para despetalar flores o mundos.

Hemos visto cómo en ocasiones se cometen violaciones contra la libertad de prensa. Irán, China, entre otros, hacen lo que pueden por bloquear el pensamiento de los que “opinan” diferente. Es claro el papel político que puede cumplir la red utilizada con planificación (la campaña de Obama no hubiera sido lo mismo sin Internet, decían los analistas de entonces). Las redes de software libre cómo Linux ya hacen tambalear a los grandes monopolios informáticos y los activistas demuestran que mucha inteligencia en el manejo de la información puede estar disponible al servicio de causas nobles. Los Zapatistas de Chiapas son un buen ejemplo de una comunidad que sabe usar la red. Si en algún momento hay que hacer la revolución, Internet será un importante campo de batalla. Ya lo es.

Se ha repetido hasta el hartazgo que ahora cualquiera con un blog y un poco de buena disposición puede llegar a ser periodista. Claro que sí. Pero el periodista de barrio puede no tener el gusto por el análisis que ha de necesitar el buen periodista, que puede ser tan cósmico como quiera, tan local como quiera, tan planetario o interplanetario como quiera, si cumple su trabajo de informar oportunamente lo que ha de ser informado. Sin análisis, todo es mera información, se niega el conocimiento. La información en sí misma es verborrea.

Como un periodista tiene su razón de ser en el lector o receptor de su mensaje, es claro lo útil que le resultará conocer cada día más a sus lectores, como permite la web. Y esa interacción, esa conexión instante a instante con los lectores hará que su oficio de informar sea más conciente y también más eficiente. Cada hombre ha de tener a sus periodistas de confianza como amigos, como el lector de novelas tiene a su novelista preferido. El amante del mundo ama a quien mejor se lo cuenta.

Abundan las herramientas para el periodista moderno. Facilitan la investigación. Pero así como una buena cámara no hace a un buen fotógrafo, las herramientas no reemplazaran el ingenio humano. Cuando la casa de un pintor está rebosante de herramientas, colores, lienzos, puede comprobar que su obra es también vasta y variada. El periodista, debe proceder como un intelectual en su lucidez, debe ser tan disciplinado como un artista que pule su obra para que sea aguda y penetre en la entraña del lector. Sí, los mejores periodistas que conozco son artistas de oficio, tienen cada párrafo de sus notas como una estrofa de la poesía inmensa de los acontecimientos espontáneos.

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